Hola pequeñajo. Permíteme que por unos momentos me haga un sitio a tu lado. Ahora mismo es imposible que te de la mano o te de una palmadita en la espalda. No, no puedo entrar ahí dentro contigo. Ya pasé antes por eso, hace ahora unos años. Estás en tu pequeño universo, lo que tienes a tu alrededor debe parecerte lo único que hay y debe parecerte tan lejano… Una bolsa te impide llegar más allá, pero tú sabes que existe y por eso intentas dar vueltas y más vueltas. Eres como una tierra que gira impaciente. Ves a un lado las estrellas, esas pequeñas células que incluso están dentro de ti. Todo lo que ves a tu alrededor está en ti. Puedes ver agua a tu alrededor, la misma que te hace vivir porque tú la tienes. Esas células que puedes apreciar tras tu transparente capa, quisieras cogerlas, que fueran tuyas, pues son tuyas, porque las tienes. Ese corazón que sientes a lo lejos es como si lo conocieras desde el primer día. Un corazón del que salen otros corazones, como por ejemplo el tuyo. Estás viviendo el comienzo de la vida. Hace ya mucho tiempo, en una charca muy similar a tu mundo, con la justa temperatura, dos células se juntaron y comenzaron a crear vida. Como tú, al principio, esa pequeña vida era de un tamaño muy, muy pequeño, casi invisible. Pero fue creciendo y creciendo, con el tiempo evolucionó y hubo peces por todos los ríos y mares.
Pensarás que toda esta etapa ya queda lejana para ti. Pues claro, estás en lo cierto. Hace ya unos meses que tus sentidos se abrieron, creciste algo más y te diste cuenta de que había algo más ahí fuera, podías escucharlo a través de tu transparente mundo. Eran voces distorsionadas, música que te era conocida. Te dabas cuenta de que no estabas solo y de que el universo tenía que ser más amplio de lo que conocías hasta el momento. Te contaré que un día, los pequeños peces de los mares y ríos también se dieron cuenta de ello. Vieron que el océano no era infinito, que en determinados lugares había algo nuevo desconocido para ellos. Decidieron investigarlo por su cuenta. Algunos perecieron en el intento, pero fueron fundamentales para abrir el camino a los siguientes. Les salieron patas y así pudieron caminar por la tierra. Así hemos sido siempre. Hay gente en la tierra que no ha muerto en vano, siempre nos han abierto un camino. No hay que sentirse triste si un día esa pequeña estrella lejana está ahí y al día siguiente se ha marchado sin despedirse. Quizá nos ha enseñado a imaginar, o puede que sólo estuviera ahí para hacernos sentir mejor en algún momento de la vida.
Pero tú continúas con tu viaje. Viste esa pequeña luz a lo lejos y querías ir hacia ella. Hace un par de días conseguiste tu objetivo, ahora estás encajado y ya has parado de dar vueltas, sólo puedes estirarte y seguir creciendo. Te diré que aquellos animalillos a cuatro patas que comenzaron a andar por tierra también se quedaron en ella porque vieron que encajaban. Poco a poco, con el tiempo, se estiraron y comenzaron a andar sobre dos patas. Siguieron estirándose para otear más allá porque se dieron cuenta de que si un día descubrieron algo nuevo, esta vez sería igual, no se equivocarían. Y no se equivocaron.
El día cercano que tú otees más allá verás cosas nuevas, oirás tu propio llanto, podrás escuchar mejor aquellas voces tan familiares para ti y cuando mires al cielo verás pequeñas células a tu alrededor, como antes, las estrellas. Querrás tocarlas pero no podrás. No te importe, recuerda, también están dentro de ti, sólo tienes que sentirlas.
Cuando estés caminando sobre tu pequeño mundo, verás cosas sin sentido, cogerás muñecos, cochecitos, plásticos, y no sabrás utilizarlos aún. Aquellos seres de dos patas tampoco supieron lo que tenían a su alrededor, pero con el tiempo aprendieron a utilizarlo y a sacarle provecho. Lo mismo te ocurrirá a ti.
Hasta aquí es donde puedo contarte porque es lo común a todo, lo que ocurra después de esto es una historia que día a día irás escribiendo tú, con tus risas y peripecias y ocurrencias. Es la libertad de estar vivos.
Tú vas a vivirlo dentro de tu pequeño mundo aunque ahora no te des cuenta.
Hoy es el último día del milenio, las horas de esta época que quedará atrás van pasando inexorablemente, sin perdón ni recompensa, sin echar la vista atrás. Por detrás quedan mil años y toda una vida de la humanidad. En un gran libro hemos escrito capítulos muy diferentes. Atrás quedan los príncipes y las princesas en sus castillos, las guerras mundiales en las que se perdieron millones de vidas, las celebraciones por la paz conseguida en muchos territorios, el desastre de la fuerza de la naturaleza, el hombre intentando alcanzar una de las células a su alrededor para establecer colonias que creasen nuevos rumbos en nuestras vidas… Sí, querido pequeñajo, la vida es un gran libro lleno de capítulos en los que aparecemos todos, desde aquellas dos primeras células hasta pequeños como tú, en su pequeño universo… y los que vendrán.
Cuando dentro de unos años leas un libro, quizá el que más te guste será el que te haga reír e ilusionarte, incluso el que te provoque algo de emoción. Entonces sentirás que ese libro ha merecido la pena. Es como en la misma vida. Ahora que llega el final de un milenio, las imágenes se agolpan en la memoria, algunos recuerdos son tristes y te obligan a desplazarte hacia atrás en el tiempo. Otros te hacen adelantar el tiempo porque han sido alegres. Y… no sabes cuál ha sido el mejor o el peor. Sólo sientes que el milenio ha merecido la pena.
Un gran libro sigue escribiéndose. Página a página, atravesando años, décadas, siglos y milenios, a través de los tiempos. Hay que escribir sin miedo a equivocarse. Si una página salió mal, ya se arreglará con otra mejor, pero siempre sin miedo, pues nadie sabe cómo va a acabar el libro, porque la última página aún no está escrita.
La tierra sigue girando, muchos países ya han celebrado la llegada del nuevo milenio y ahora nos toca a nosotros unirnos a él, sólo quedan unos minutos. ¿Me acompañas? Pues andemos el camino. Nos vemos el próximo milenio.